Heksa III


22

1998.06.24 22:17

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Sabía que aquello iba a terminar ocurriendo.

El hombre, posiblemente más cercano a los sesenta que a los cincuenta, se sentaba frente a una mesa sobriamente decorada. Montones de papeles, con distintas alturas, se acumulaban a lo largo de esta, generando un sorprendente efecto de orden y pulcritud.

Observaba un documento impreso, en el que se describía la aceptación del descubrimiento de un asteroide, (52768) 1998 OR2, por parte del observatorio de la isla de Maui, en Hawai. Uno más, que podría haber sido una nota rutinaria en la historia, si ese asteroide en concreto no fuera sujeto de su interés.

No estaba seguro de la cantidad de dinero que habían invertido en sabotear el proyecto SETI. Y porque llegaron tarde para paralizar el proyecto de Arecibo, pero igualmente lo habrían dinamitado: Drake se les había escapado de las manos con la chorrada del mensaje al espacio. Todos esos esfuerzos serían absurdos si un grupo desestructurado de investigadores, con medios dudosos, identificaban su asteroide.

Algo tendrían que hacer, pero no se le ocurría concretamente qué. Estaba concluyendo, para sí mismo, que no se habían preparado adecuadamente para este tipo de situaciones. Anotó en una hoja de papel azul una serie de comentarios relacionados. No podía olvidarse de ello; esto tendría que desencadenar cambios en la organización. Iban a reclutar perfiles nuevos. Y, si era necesario, los iba a entrenar él personalmente.

Valorando todo lo que sabían, lo mejor era no hacer nada en este caso. Ahora mismo nadie contaba con los medios como para creer que el asteroide fuera nada especial, ni podían hacer seguimientos dedicados que pudieran evidenciar algún tipo de actividad que debiera preocupar a la humanidad… pero, desde luego, tenían que encontrar la forma de intervenir en este tipo de procesos.

Frunció el ceño. También tendría que invertir esfuerzos en más propaganda y más difamación. Le había costado bastante esfuerzo ejercer presión contra Carl Sagan y sus propuestas.

Sagan era un tipo peligroso. Fue él el que inspiró a muchos de estos creyentes del proyecto SETI y el instigador del condenado mensaje de Drake. Luego consiguió que publicaran el artículo —más bien el manifiesto— firmado por varios premios nobeles sobre la búsqueda de vida extraterrestre. En Science. ¡En Science! Claramente habían estado gestionando mal todo aquello…

Menos mal que Sagan, que era un hombre honrado al que admiraba sinceramente —lamentaba, también sinceramente, todo el daño que le había hecho, pero había sido necesario—, defendía en público la marihuana. Usar las mismas tácticas que William Randolph Hearst había sido sencillo, y no fue difícil generar distintos conflictos a Sagan por ello. Aunque tenía una reputación de tal calado, que tampoco le habían ocasionado problemas serios. En el fondo se alegraba. No era una persona que mereciera esos males, aunque hubiera sido una necesidad…

Claramente tenían que invertir más dinero, equipo y esfuerzo en la parte de propaganda. Y medios. Pero también en el ámbito científico. Si controlaban los periódicos y se les escapaban estos proyectuchos de astrónomos hippies…

Otra cosa que le tenía preocupado era cómo gestionar situaciones imposibles. Porque los equipos militares las resolvían, cuando se daban en zona. Pero él estaba pensando, concretamente, en tener que silenciar a ciudadanos que pudieran ser un riesgo. Matarlos. ¿Cómo iban a tratar ese tipo de situaciones? ¿Sus valedores en los distintos gobiernos querrían autorizar este tipo de cosas? Naturalmente, ya contaban con algunas ejecuciones en la historia de la organización. No quería ser fariseo… habían tenido que ordenar ejecuciones… él había tenido que ordenarlas. Pero lo que buscaba era una forma oficial, autorizada y auditable de gestionar, con el compromiso de los involucrados. Quizás buscaba algún tipo de descargo de responsabilidad… una salida a ese malestar moral que sentía de vez en cuando.

Una de sus amigas del alma lo había pronosticado:

—Tú eres la persona adecuada para liderar ese proyecto —le dijo con una sonrisa que transmitía confianza—. Te haces preguntas éticas constantemente. No tomas decisiones que hacen daño si puedes evitarlo. De corazón te lo digo: ojalá no dejes nunca ese puesto, porque el siguiente podría ser un monstruo con poder infinito.

Pensaba a menudo sobre aquella conversación. Nunca habían vuelto a hablar de ello, pero él sabía y ella sabía. No necesitaba más. Intentaba hacer homenaje a la confianza de su amiga… a la de todos. Aunque eso no le liberaba del peso de algunas decisiones. En alguna ocasión, con cierta inocencia naif, había solicitado una fecha de publicación, un compromiso por parte de todos los actores, en los que se liberaría toda la información… la verdad.

Lo que realmente quería, era tener una fecha de finalización. Por motivos diversos, pero los más importantes, primero, para saber que esto acabaría y él sería libre en alguno momento pero, lo más importante, porque eso garantizaría que, aunque le reemplazara un monstruo al frente de aquella organización, habría una fecha de caducidad. Realmente pensaba a menudo sobre la conversación sobre su rol en todo aquello.

Completó algunas anotaciones más en la hoja azul, y la colocó sobre el montón que tenía justo delante. Luego estiró el brazo para coger una hoja amarilla de otro de los montones. La miró por encima y asintió inconscientemente.

Escribió, de inmediato, una serie de órdenes para tratar el tema del observatorio de Maui. Se le ocurría que podrían ir presionando, hasta ahogarlos y cancelar el proyecto. Ese podría ser un buen enfoque. Pero ahora tenían que lidiar con el descubrimiento del asteroide dado que, dentro del circuito científico, la censura ya no era una opción. No sabía qué hacer.

Sacó hojas de color rojo de uno de los cajones de la mesa y las colocó para ir redactando: iba a preparar un plan de choque para la organización. Había que cambiar muchas cosas. Como no se le ocurría una manera de gestionar el problema concreto que tenía ahora mismo sobre la mesa, era una buena estrategia replantear toda la estructura de la organización.

Incluso tenía una idea acerca de cómo reclutar niños desde muy pequeños para entrenarlos desde cero. Si tenía que tomar decisiones oscuras, debía hacerlo de manera profesional y efectiva.

1988.07.04

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No había sido una tarea suave. Prácticamente todos los camaradas —incluyendo a un Treintaydos— habían estado despiertos durante todo el proceso.

Claramente habían tenido un impacto cuando se quedaron varados en aquella órbita. Claramente, porque acababan de tener otro que había modificado ligeramente la rotación, pero sobre todo, su posición en la órbita.

Otra consecuencia espinada era que el Arca había aumentado su albedo. No podían controlarlo: estaban expuestos y, con total seguridad, eran visibles para los dispositivos astronómicos primitivos que las criaturas de aquel sistema pudieran tener. Filos y aristas para los protocolos de no interacción que, todo fuera tocado, ahora mismo eran la menor de sus preocupaciones.

Las alarmas se habían afilado mostrando aristas en prácticamente todos los paneles del puente, por lo que se había requerido, como medida urgente de supervivencia, sacar del sueño a todos los miembros posibles de la tripulación. El Treintaydos se encargaba de la coordinación con rápidos movimientos de sus dedos que a veces le costaba un poco seguir. Necesitaba centrarse; colocó todos sus dígitos en posición de pausa y trató de alisar su envoltorio al máximo para trasladar un mensaje tranquilidad y sosiego. Aage no fue muy certero y el Treintaydos, comprensivo, le palpó con cariño, enviándolo a la sala de descanso. Un chorro de vapor refrescante le haría bien.

Aage no se sentía cómodo en grupos numerosos. Le costaba seguir todas las formas de los envoltorios de sus compañeros y, posiblemente porque su mente no había madurado hasta el Treintaydos, era incapaz de seguir tanta información sensorizada en paralelo. Le observaba y no podía hacer otra cosa que frustrarse: todo le resultaba sencillo. Atendía todas las actividades con procesamiento paralelo, palpaba lo que el resto de los camaradas le comunicaban, jugaba con formas convexas y cóncavas, aristas e, incluso, con figuras geométricas sobre su envoltura. Era, sin lugar a dudas, un maestro de la comunicación. Y además era nónido, con lo que sus habilidades eran más fuertes en las relaciones.

No sentía envidia. Sería una emoción absurda, dado que el salto al Treintaydos sería natural cuando hubiera completado la duplación de sus filamentos, dedos y espolones. Recordaba perfectamente su tránsito a Dieciséis y cómo un mundo de sensorización detallada se abrió a su mente. Fue como haber palpado bloques grandes toda la vida y pasar a palpar gránulos de precisión de repente. Su velocidad en el cálculo también aumentó exponencialmente. Tuvo que recluirse en su cámara durante unas jornadas para poder asimilar la precisión y el volumen de la sensorización que podía palpar.

A menudo se imaginaba cómo sería el cambio, el paso a Treintaydos. Dada la natural exponencialidad de su proceso evolutivo básico, si el salto a Dieciséis le había dejado prácticamente en shock, duplarse al Treintaydos sería abrumador.

Y, por lo más sagrado, ¿qué sentirían los Sesentaycuatro? Nunca había tocado uno, ni siquiera de lejos. Pero sabía que existían: alguien había hecho los complejos diseños de las redes lógicas que se entremezclaban con las superficies del Arca. Era difícil que los hubiera hecho un Treintaydos —demasiado coste y esfuerzo—, y era completamente imposible en un Dieciséis. Ni siquiera todos los Dieciséis del Arca juntos podrían haber computado ese diseño.

Divagaba. En vez de recuperar el foco, el vapor lo había relajado tanto que había suavizado su envoltorio y se deslizaba en ensoñaciones absurdas sin objeto. Se tocó el rostro, el cuerpo y digitó su mantra de concentración a lo largo del cuerpo. Un dedo de una mano, el opuesto de la otra, el siguiente de la primera mano, el opuesto de la otra… así en una secuencia continua de ocho y ocho pulsaciones. Eso le ayudó a recuperar el foco.

Habían conseguido estabilizar el Arca. Lo que no lograban era reducir el albedo y era una preocupación seria. Los locales en el sistema puede que no estuvieran en una etapa espacial adecuada como para ser una amenaza, pero esto rompía totalmente con el protocolo de no intervención y era mejor pasar por un sistema sin contactos ni palpos. Llamar la atención siempre era una mala idea. Y aunque ya habían hecho bastante daño con los descensos previos, no había nada que hacer. Tendrían que asumir esta nueva situación y esperar que percibieran el incremento de albedo como un bólido. Un nuevo asteroide, esa tendría que ser su esperanza.

 

Regeneró distintas combinaciones de anticuerpos con alteraciones de capas proteicas, pero finalmente todo pareció ser una falsa alarma. Los ajenos no se acercaban por lo que suspendió la propagación de las nuevas cepas. Buenas noticias para sus locales. Estaban ya padeciendo algunos de los otros procesos reactivos de control, y soportarían con dificultad más presión inmunológica. Sobre todo los primates más complejos para los que la época boreal era cálida y una nueva cepa podría sorprenderlos y causar grandes daños en su población.

Aprovechó los recursos ya generados para fabricar precursores; estaría preparada para una futura oleada de ajenos.

Compartió la información que estaba desarrollando sobre los precursores, con sus hermanos de sistema. Todos respondieron inmediatamente y confirmaron que habían recibido los detalles.

Realmente, cómo se defendía ella en su espacio no era lo que les interesaba: ellos no contaban con ese ecosistema, por lo que todas aquellas defensas biológicas que desarrollaba no les servían. Pero la información, las estrategias que iba diseñando, la periodicidad de las visitas de los ajenos… todo aquello sí era muy valioso.

Por eso compartían la información constantemente, en tiempo real. La habrían compartido con más sistemas, pero hacía ya mucho tiempo que no comunicaban con los otros. Mucho tiempo. Por eso se centraban en protegerse entre ellos y, naturalmente, en proteger los sistemas locales.

Posiblemente eran lo único que quedaba.

1998.07.08 01:15

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Una de las cosas más apasionantes de su trabajo era la anticipación. Esa sensación de descubrimiento que se iba alimentando lentamente, con cada nuevo dato, con cada nueva luz —no había mejor palabra— que se iba añadiendo al proyecto.

Llevaban un tiempo trabajando en ello. No solamente ella, todo el equipo del NEAT. Habían encontrado, identificado y seguido multitud de asteroides y otros cuerpos celestes como algún cometa. Pero este en concreto era emocionante.

El asteroide había aparecido repentinamente en órbita y, sinceramente, había sido casi un milagro que lo detectaran. Aunque observaban precisamente esa zona, la aparición repentina casi fue descartada como un error de proceso de los sensores CCD. Tuvieron que revisarlo un par de veces antes de darlo por verificado.

Pero era real, ¡tenían otro confirmado!

Era esencial para la supervivencia del proyecto que sus exploraciones se concretaran en detecciones reales. De otra manera, sería complicado justificar el coste por el uso del observatorio de Haleakala. Cada bólido identificado, era una pequeña victoria y un milímetro que los alejaba del abismo de la cancelación.

Era gracioso que el observatorio estuviera en Maui, isla con el nombre del semidiós que intentó frenar el Sol y reducir su velocidad. Era como un guiño a sus hallazgos de cuerpos celestes y asteroides. Un gran motivador para tener la sensación de que la tarea era importante, propia de héroes y heroínas.

Le habían dado un nombre bastante gris, pero pragmático: 52768 1998 OR2. Nadie recordaría un asteroide con semejante codificación. No habían logrado ponerse de acuerdo en un nombre más sexy que los convenciera a todos. Compitiendo con apelativos tales como Amor, Eros o Nyx, con total seguridad este sería uno de los hermanos olvidados de los asteroides del grupo Amor. Pero bueno, lo que importaba era haberlo identificado: la comunidad científica sí lo recordaría.

Un detalle curioso, observable por medios ópticos, eran las concentraciones de polvo alrededor del asteroide, lo que podría indicar un impacto anterior que lo terminó situando en esa órbita concreta. Una buena explicación a la razón de que no lo hubieran visto antes. Porque no parecía haber observaciones previas de ningún tipo. Los posibles orígenes habría que buscarlos en Júpiter, Marte o el cinturón de asteroides, pero, sin información previa, era dudoso que pudieran añadir el dato del origen a la ficha.

Tampoco era especialmente importante, dado que ahora podían hacer proyecciones de órbitas y con distintas observaciones predecir su recorrido. Por el perihelio, un par de millones de kilómetros de la Tierra, podían considerarlo como un potencial acompañante de Marte, más que de su planeta. No lo habían categorizado como una amenaza inminente: era altamente improbable que cruzara la órbita terrestre desde esa distancia.

Documentaron todo el proceso, reunieron toda la información significativa junto con las últimas coordenadas y compartieron el hallazgo con el mundo. Sus compañeros bromearon con bautizarlo como Helin oficialmente, haciendo homenaje a su apellido, pero a Eleanor le pareció tremendamente egocéntrico si la propuesta era seria, y tremendamente peligroso para la continuidad del proyecto, si se trataba simplemente de una broma.

2 de marzo de 2020

Fresnedillas de la Oliva

Las primeras luces del amanecer descubrieron a Sara echando un vistazo a los titulares con el iPad en la cocina. “Empieza la semana con mal tiempo” no es algo que le preocupara mucho. “En solo veinticuatro horas, el coronavirus infecta a quinientas veintiocho personas más en Italia, donde ya hay treinta y cuatro fallecidos”. Le parecía una barbaridad que con la tecnología existente no fueran capaces de parar estas cosas antes. “La UE y el Reino Unido retoman hoy las negociaciones sobre el acuerdo comercial tras el Brexit”. Nunca entendería que hubiera gente empeñada en perjudicarse a sí misma.

—Se acabó —se dijo a sí misma—, no hay quien aguante las noticias.

Sara hizo clic sobre el icono del pájaro azul. Había un número nueve sobre la campana. Solían ser notificaciones nuevas sobre cuentas a las que seguía, aunque también había dos Retweet y un Me gusta. Leyó, sin prestar mucha atención, algunas decenas de mensajes hasta que unos minutos después, perdió el interés. Terminó escribiendo a sus apenas 150 seguidores, el mismo mensaje broma de cada lunes.

@yoymicielo · 1 seg.
“Hello world!”

Segundo té del día antes de empezar la jornada. Sara adoraba su vida en la pequeña casa rústica que alquiló a las afueras del pueblo hacía apenas dos años. Mucha gente no entendería qué hacía una chica joven viviendo sola en un lugar como aquél. Una chica, que con veintitrés años recién cumplidos, recibió una beca completa para realizar el último curso del doble grado de física y matemáticas en el mismísimo Instituto Kavli de Massachusetts.

Había planificado terminar allí su carrera para mejorar su —difícilmente mejorable— nivel de inglés, a tiempo de volver a España para buscar trabajo en alguna agencia investigadora. Pero, primero, un máster en astrofísica y, después, un doctorado se interpusieron en su regreso. Cuando unos años más tarde encontró el camino a casa, traía en su móvil una lista internacional de contactos más los títulos C2 de inglés y C1 de francés y ruso. Sara no sabía vivir sin un libro en las manos.

De hecho, en ese momento, estaba leyendo “Los ojos de la oscuridad”, de Dean Koontz. Uno de los estudiantes con los que compartió piso en el MIT se lo había recomendado, porque se podía establecer un paralelismo con el brote de un virus en China del que todo el mundo hablaba, aunque también le había dicho que no esperase mucho. Hasta el momento, lo único que le resultaba curioso era que había un arma biológica que se llamaba Wuhan-400, pero todavía le quedaban casi cien páginas. No le estaba gustando mucho la historia, pero Sara era de las que nunca dejaba nada a medias.

Sus compañeros en EEUU le habían dicho, antes de despedirse que, con sus titulaciones. no tendría ningún problema para encontrar un buen trabajo en España. Era evidente que no tenían ni idea de cómo funcionaban las cosas en el país. Después de unos meses impartiendo clases particulares a todo tipo de estudiantes, Sara recibió un correo electrónico de un amigo; le informaba de la convocatoria de una plaza menor, dependiente de defensa, relacionada con sus conocimientos.

—Buenos días, Miguel —saludó ella a través del móvil.

—Buenos días, Sarita. ¿Qué tal estas?

—Con agujetas de ayer por tu culpa —bromeó Sara.

—Por mi culpa, no. Por tu falta de costumbre.

Para Miguel cualquier actividad física parecía fácil. Era una de esas personas que parecía mucho más joven de lo que era. Bajito, delgado, una cabeza ovalada llena de rizos claros le confería un aspecto engañosamente frágil, pero escondía bajo la ropa un cuerpo tenso que, aunque poco musculado, ejercitaba a menudo, tal y como Sara había podido comprobar en numerosas ocasiones.

—No me hables, no me hables. Me duele el culo como si me hubiera peleado contra todo un equipo de rugby.

—Ya me imagino, ya —rió Miguel desde el otro lado de la línea —. Pero dime, ¿disfrutaste o no disfrutaste?

—Ya sabes tú que si.

—Pues el domingo que viene, más.

—No seas pesado, que ya te he dicho que me da vergüenza.

—Ya te dije que no es un problema, María José es muy amiga mía y no le importa hacerte un hueco si es pronto. ¿Tan mal estás que no te atreves a venir hoy en bici?

—No, ¡qué va! Si te llamo justo para decirte que salgo ahora mismo y que nos vemos en la oficina en media hora. Bueno, y para daros las gracias otra vez a ti y a María José por el paseo a caballo de ayer. De verdad.

—No hay de qué. ¿Nos vemos en la puerta?

—Nos vemos en la puerta. Hasta ahora.

Sara se había acostumbrado a la bicicleta durante los años en que vivió en Boston, porque la usaba para desplazarse por el campus. Esa era una de las pocas cosas que echaría de menos al volver a Madrid. Su ciudad no estaba hecha para la bici o, al menos, eso era lo que ella pensaba. Nunca se imaginó que al poco tiempo de estar de vuelta, tomaría casi a diario los diez kilómetros del Camino de Navahonda que le llevaban a su trabajo.

En verano de dos mil dieciocho, tuvo la entrevista personal que cerraba, exitosamente para ella, el proceso selectivo para prestar servicios como ingeniera de la Red de Espacio Profundo del Programa de Comunicaciones y Navegación espacial de la NASA. Una pica en flandes. Bueno, en realidad, en Robledo de Chavela. Además de participar en el seguimiento de las misiones espaciales de la agencia estadounidense, en todos sus programas de exploración del sistema solar, se había sentido privilegiada por poder colaborar, de forma esporádica, mediante un programa de voluntariado. Como guía del Museo Lunar. A menos de quinientos metros de su casa.

Sara pasaba la mayor parte del día en el cielo. Le encantaba su trabajo, se sentía agradecida por la vida que tenía, útil con lo que aportaba a la sociedad, investigando el estado del espacio, valorando hipótesis de estudio, inculcando en las nuevas generaciones su pasión por la astronomía. Ni siquiera se imaginaba lo que le deparaban las estrellas.